AFICIONES
NUEVA YORK, 42.195 METROS SOBRE EL ASFALTO
2012/04/17
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Por Marianela Cordero.

De 1970 y hasta 1975, la maratón de Nueva York consistió en recorrer el perímetro del Central Park cuatro veces. No es que no fuera una maravilla devorar el asfalto mientras el gran pulmón verde respiraba a nuestro lado; sin embargo, todo cambiaría cuando un quijote en tenis, el legendario Fred Lebow —uno de los creadores de la maratón neoyorquina tal y como la conocemos—, decidiera llevar a los corredores a conocer el verdadero corazón de la ciudad: Staten Island, Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan.

Ahora, casi cuatro décadas después, la maratón de Nueva York es un recorrido por la verdadera urbe. Una experiencia inolvidable para cerca de 45.000 amantes del atletismo y la ciudad. El primer kilómetro lleva el sello indeleble de la voz de Frank Sinatra en los parlantes: las inconfundibles notas de New York, New York revolotean en el aire otoñal mientras se cruza el puente Verrazano. La atmósfera es mágica. El efecto de ver tanto la plataforma superior como la inferior del puente llena de corredores causa un efecto visual impresionante que llena a todos de energía.

Una vez traspasados los límites del Verrazano —y sus 1.298 metros de longitud— entramos en Brooklyn. Aquí nos olvidamos de “la gran ciudad” y percibimos el ambiente de barrio, los edificios de ladrillo y las calles llenas de vida, mariachi o vallenato. Casi la mitad de la maratón la correremos en sus calles.

El puente Pulaski es nuestro próximo objetivo. Si bien no es nada espectacular (en una ciudad de puentes espectaculares), anuncia la mitad del recorrido. Así, Queens nos recibe con sus barrios residenciales y las famosas casas de dos o tres niveles, todas en fila, con porche y escaleras. A los lados, nos saludan los árboles, con los colores aún cálidos del otoño, y su sombra es bienvenida ahora que afloran los primeros signos de cansancio. En menos de tres kilómetros, otro puente nos dará el último empujón.

If easier means 10 miles… then, welcome to easier: Welcome to Manhattan. Esto leemos al terminar de cruzar el puente más viejo de nuestro camino, el Queensboro, cuyo perfil y color hacen que muchos paren a tomarse fotos —sí, aunque se esté en la recta final del recorrido, lo hacen—. Un giro rápido lleva al Bronx, en donde sentimos el ambiente de Harlem, con su rap, hip-hop y gospel en cada esquina. Cualquier idea preconcebida de barrio peligroso se esfuma rápidamente de la cabeza.

Ya más cerca de nuestra meta, un pequeñísimo puente se convierte en “el muro” para los maratonistas. A diez kilómetros de la meta, el Willis Avenue es el último umbral del recorrido. Nada más falta una interminable vuelta a Central Park para la añorada medalla; el mismo Central Park del cine, de las series policiacas, de Strawberry Fields y Alicia en el país de las maravillas. Ésta es la parte más larga de la maratón, no por extensión sino por el cansancio acumulado. Ya cargamos treinta y tantos kilómetros a cuestas y falta entrar al parque luego de girar a la derecha en el conocido Columbus Circle. Un millón de personas, a ambos lados de la calle, nos aplauden hasta la meta donde hace horas un keniano se habrá llevado la gloria.

Mientras otros vienen a deslumbrarse con el Empire State o las marquesinas de Broadway, nosotros  acabamos de medir con nuestros pasos todas las calles de los cinco barrios neoyorquinos. Ya habrá tiempo para el MoMA, el Empire State, el Rockefeller Center o el Guggenheim. Por ahora, los corredores podemos presumir que nuestro corazón se fundió con el de Nueva York en un recorrido fascinante. Para describir la experiencia, los rascacielos se quedan cortos.Por Marianella Cordero.

De 1970 y hasta 1975, la maratón de Nueva York consistió en recorrer el perímetro del Central Park cuatro veces. No es que no fuera una maravilla devorar el asfalto mientras el gran pulmón verde respiraba a nuestro lado; sin embargo, todo cambiaría cuando un quijote en tenis, el legendario Fred Lebow —uno de los creadores de la maratón neoyorquina tal y como la conocemos—, decidiera llevar a los corredores a conocer el verdadero corazón de la ciudad: Staten Island, Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan.

Ahora, casi cuatro décadas después, la maratón de Nueva York es un recorrido por la verdadera urbe. Una experiencia inolvidable para cerca de 45.000 amantes del atletismo y la ciudad. El primer kilómetro lleva el sello indeleble de la voz de Frank Sinatra en los parlantes: las inconfundibles notas de New York, New York revolotean en el aire otoñal mientras se cruza el puente Verrazano. La atmósfera es mágica. El efecto de ver tanto la plataforma superior como la inferior del puente llena de corredores causa un efecto visual impresionante que llena a todos de energía.

Una vez traspasados los límites del Verrazano —y sus 1.298 metros de longitud— entramos en Brooklyn. Aquí nos olvidamos de “la gran ciudad” y percibimos el ambiente de barrio, los edificios de ladrillo y las calles llenas de vida, mariachi o vallenato. Casi la mitad de la maratón la correremos en sus calles.

El puente Pulaski es nuestro próximo objetivo. Si bien no es nada espectacular (en una ciudad de puentes espectaculares), anuncia la mitad del recorrido. Así, Queens nos recibe con sus barrios residenciales y las famosas casas de dos o tres niveles, todas en fila, con porche y escaleras. A los lados, nos saludan los árboles, con los colores aún cálidos del otoño, y su sombra es bienvenida ahora que afloran los primeros signos de cansancio. En menos de tres kilómetros, otro puente nos dará el último empujón.

If easier means 10 miles… then, welcome to easier: Welcome to Manhattan. Esto leemos al terminar de cruzar el puente más viejo de nuestro camino, el Queensboro, cuyo perfil y color hacen que muchos paren a tomarse fotos —sí, aunque se esté en la recta final del recorrido, lo hacen—. Un giro rápido lleva al Bronx, en donde sentimos el ambiente de Harlem, con su rap, hip-hop y gospel en cada esquina. Cualquier idea preconcebida de barrio peligroso se esfuma rápidamente de la cabeza.

Ya más cerca de nuestra meta, un pequeñísimo puente se convierte en “el muro” para los maratonistas. A diez kilómetros de la meta, el Willis Avenue es el último umbral del recorrido. Nada más falta una interminable vuelta a Central Park para la añorada medalla; el mismo Central Park del cine, de las series policiacas, de Strawberry Fields y Alicia en el país de las maravillas. Ésta es la parte más larga de la maratón, no por extensión sino por el cansancio acumulado. Ya cargamos treinta y tantos kilómetros a cuestas y falta entrar al parque luego de girar a la derecha en el conocido Columbus Circle. Un millón de personas, a ambos lados de la calle, nos aplauden hasta la meta donde hace horas un keniano se habrá llevado la gloria.

Mientras otros vienen a deslumbrarse con el Empire State o las marquesinas de Broadway, nosotros  acabamos de medir con nuestros pasos todas las calles de los cinco barrios neoyorquinos. Ya habrá tiempo para el MoMA, el Empire State, el Rockefeller Center o el Guggenheim. Por ahora, los corredores podemos presumir que nuestro corazón se fundió con el de Nueva York en un recorrido fascinante. Para describir la experiencia, los rascacielos se quedan cortos.

 

Las maratones urbanas más importantes del planeta

Boston (abril). Web: www.baa.org

Londres (abril). Web: www.virginlondonmarathon.com

Berlín (setiembre). Web: www.bmw-berlin-marathon.com

Chicago (octubre). Web: www.chicagomarathon.com

Nueva York (noviembre). Web: www.nycmarathon.org

Fuente: IAAF.


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Si se hiciera una línea del tiempo de la historia de la navegación a vela, cie
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